15 años del mutis de Francisco Umbral

No en vano las vanguardias son hijas naturales de Baudelaire, y han tomado de él el dandismo de decirlo todo cínicamente, pero decirlo con tanta belleza que la estética sustituye al pudor burgués.

Francisco Umbral (Ramón y las vanguardias)

Para los muertos también pasa el tiempo. No para ellos exactamente, claro, no para la conciencia/Umbral, que sigue ahí, transformándose y ahondando en su sueño vegetal, y para el cual ya no queda de Francisco Umbral (Paco Umbral, Pacumbral) sino lo que tenga de literario helecho arborescente. Pero sí para la figura/Umbral, el individuo social Umbral, que condensa todo lo que sabemos de él antes y después de que cruzase eso: el último umbral. Sabemos, por ejemplo, algo de lo que él quizá apenas sabía nada, o sabía sólo de oídas: quién fue su padre y a qué se dedicaba. Porque Umbral no se apellidaba Umbral a la primera, naturalmente. La partida de nacimiento no está hecha para los artistas snobs, para el hijo único de Greta Garbo (ni su propia madre, tan glosada, tiene nombre real…), esa señora tan idealizaba que le recortaba las garras en la niñez, como se cuenta en Los males sagrados. Umbral descreía de la vida real, un coñazo pesado y pastoso, y sólo creía en la vida lírica, una vida que en su caso únicamente se podía expresar por escrito. Para la vida real, de hecho, sólo reservaba una pose entre cachonda y cruel, mientras que para la vida lírica atesoraba todo lo demás: un manantial inagotable de confesiones íntimas transfiguradas en mentiras líricas, en invenciones melancólicas y fulgurantes. Nadie conoce a Umbral si sólo le ha visto en la televisión o en la presentación de un libro, es imposible adivinar todo lo que cuenta de sí mismo en sus numerosos textos siempre y cuando haya podido convertirlo en belleza reflexiva y prosa luminosa.

Así, por ejemplo, en Las ninfas comienza refiriéndonos sus onanismos adolescentes en un cuarto de baño de precisas a la vez que oníricas baldosas azules, si no recuerdo mal. Pero lo hace tan bonito, tan evocador, tan compartible, que expulsa todo lo sucio o impúdico que pudiera haber en contar algo así. Por eso aquella frase suya que he reproducido en epígrafe es tan apropiada, no solo para Ramón Gómez de la Serna, sino para él mismo, que la escribió sobre Ramón. Casi resulta su divisa, la divisa de un poeta cínico sumido en la aglomeración urbana. Uno (aprendí precisamente de Umbral el gusto por el uso del «uno» como sujeto de oración cualesquiera) lee eso y entiende que todo el mamoneo que se traía Pacumbral con los famosos, las tonadilleras y los políticos en las fiestas de alterne no era más que la ocasión de atrapar observaciones que llevarse a la máquina de escribir. Él, con su whisky con agua y su pañuelo-bufanda en ristre, diciendo en alto chorradas con voz grave pero diseccionando por lo bajo material con bisturí agudo. Volviendo, siempre, a la habitación en penumbra de la pubertad en la que se fingía escritor frente a un espejo luciendo aspecto de dandi con mitones y pluma de ganso. Umbral fue bastante feliz, a su manera, puesto que no necesitaba salir, no necesitaba viajar, sólo necesitaba lirificar todo lo que experimentaba en la soledad de su prosa. Eso y, claro, ser leído. Había que envenenar, que inundar al mundo con el estilo de uno (porque el mundo sólo es objeto de compasión en tanto que carece de espíritu, que es su verdadero alimento…).

El libro que más me impresionó fue El día que violé a Alma Mahler, donde Umbral daba rienda suelta a su capacidad para crear párrafos brillantes a partir de la nada. Nada en el domingo… Creo que había, por ejemplo, algo así como una mudanza, pero era la mudanza más loca y des-objetualizada, por decirlo así, de la Literatura Universal. Los muebles fluían poéticamente. Esa libertad absoluta para ir creando según se va escribiendo… Por eso a Umbral se le daban mal las novelas, las novelas había que prediseñarlas, seguir con ellas un plan previo, y Umbral era poco disciplinado para planes. Mientras que se pierde el tiempo trazando un plan para una novela, bien se podrían haber escritos dos crónicas y un artículo para quien sea. Juan Marsé llamó una vez a ese carácter improvisado y filigranero de Umbral y otros -pero más de Umbral, de quien lo aprendieron- «prosa sonajero», y no le faltaba razón. Sólo que el lector, en realidad, no es ningún bebé (de hecho, Umbral escribía para un público que de antemano hubiese aceptado la amoralidad baudeleriana del arte, y de ahí que hiciese cosas como colocar un políticamente incorrecto «violé» en un título), muy al contrario: el lector de Umbral debe asumir lo imprevisible, la digresión y el goce del puro transcurrir de la escritura. Hay demasiada ironía en los textos de Umbral, demasiada ternura en algunos de ellos como para cautivar a lectores inmaduros, aunque tampoco haya que ser demasiado serio -sin contar ahora con sus asiduas «memorias eróticas» de aquí y de allá, mixtificadas todas ellas de cabo a rabo, estoy convencido.

A mí lo único que me disgustaba de la actitud/Umbral no era su chulería castiza, o su descaro macho/machista, sino que hubiera aprendido parte de ello de ese fascistoide feo (un amigo decía que parecía que tenía la cara como en Cinemascope) e impresentable que fue CJC –Camilo José Cela. De él aprendió, en efecto, la técnica de la entrevista confianzuda y casi rayana en la grosería, y de él ese carácter trepa que en algunas ocasiones le impedía pararse ante nada con tal de continuar en el “candelabro”. Pero Umbral, después de todo, era más delicado que Camilo, y tenía otras admiraciones que le salvaban del gallego, además de que escribía mejor sobre cualquier cosa. Resulta sorprendente todavía hoy recordar lo mucho que Umbral podía disertar sobre el tema que fuere en el medio impreso que se le pusiera por delante, acertando con la esencia de la cuestión pero sin abandonar un sentido lúdico y casi juerguista de la escritura. Era el Giocondo de la prensa española, el hombre que había pasado por el café Gijón para retratárnoslos a todos sin piedad pero también sin cólera innecesaria, el tipo que saludaba a sus queridos editores con un “¿cómo estás, amor mío?”…

En sus últimos años de columnista diario Umbral defendió a Rajoy como primera opción de la baraja de Aznar para la sucesión. Hasta ese punto dominaba la ironía. Hoy opinaría cosas muy distintas sobre él, lo cualo, como Paco diría, muestra cómo pasa el tiempo también para los muertos…

Óscar Sánchez
Óscar Sánchez

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