Contra el prestigio del dolor

La muerte de Sócrates

Para Gracia y Eduardo, farmacéuticos

Veo que viene y no puedo saludarla. Esta boca mía arde como carbones, áspera como piel de marrajo. Quiero toser y mis toses se convierten en náuseas; en apenas hilos de vómitos verdes. Los brazos ya no me responden y mi lengua, antes tan locuaz, se esconde detrás de la garganta, agazapada en un cubil cada vez más angosto. Pero ella viene y me parece que me recoge la baba que cae sobre el pecho, como hielo que me atravesara el corazón. Miro mis piernas y ya me parecen de otro, frías como carámbanos de miedo. Anteayer, poco antes de amanecer, mientras Critón velaba mi sueño, soñé con ella, con la mujer blanca, alta como la luna, hermosa como las noches rasas de Atenas. Me invitaba a acompañarla a los fértiles campos de Ftía lozana. Iré con ella, desde luego, y conmigo llevaré los versos que recién compuse. ¡Ah, este brebaje! Me noto demasiado aturdido para lo que me contaron. Respiro ya y casi no respiro; el aire entra sin entrar del todo; lo noto atravesarme el cuello pero no más allá. Setenta años tengo y con ellos iré donde los más. Setenta años intentando que las palabras tras de las que los hombres se esconden (con sus formas de hablar, con sus idiotas coqueterías, con sus acentos propios o ajenos) no les impidan reconocer y hasta recordar eso que les bulle por dentro. Eso que me ha parecido escuchar a veces, a solas conmigo mismo, sí, pero entre las conversaciones de los otros, mientras veía a los muchachos en el gimnasio, desnudos y brillantes por los aceites, a las mujeres comadreando, discutiendo ya sobre tales pañizuelos, ya sobre las cigarras de oro con que se festonean las frentes, a los gramáticos enseñando a los niños sus primeras letras y a recitar sus primeros versos.
Tan sencillo de decir y sin embargo… Torpemente lo expuse ante el tribunal, entre el barullo de los escaños. Apenas si pude hacerme oír, pero tampoco cabe ahora que me sorprenda, o no mucho, al menos: aquel momento era una caja demasiado vacía, demasiado a la espera de un relleno, demasiado parecido a esa escritura de la que siempre desconfié. Hablar, hablar: nada más, pero tampoco nada menos. Ese hablar que ahora el veneno me niega, atragantadas las palabras, añusgadas poco a poco por la saliva amarga. Tres horas, dijeron, cuatro a lo más. ¿Haré del tiempo mi aliado? ¿Añadiré su dolor sordo al que me acompaña como una sombra desconocida? ¡Demasiada victoria estoy ya concediéndole! ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡A los cuervos! ¡Largo de mi cabeza!
Hice salir a las mujeres, pero aún lloran en derredor…, como niños lloran. Si pudiera levantarme, incorporarme tan sólo un poco para acariciar sus cabezas, para peinar sus cabellos con mis manos, esculpiéndolos como de joven el mármol. Abandoné aquello sin saber por qué. En fin, como tantas otras cosas, por otra parte. Pero ha estado bien…, pero, entonces, ¿por qué me conmuevo como un chiquillo entre chiquillos, por qué este llorar sin lágrimas y esta lucidez como el bronce? Muy bien lo he sabido siempre: que lloramos porque nos compadecemos de nosotros mismos, reflejados en el espejo que pulimos para la ocasión. ¿Habré preparado todo esto desconociéndolo? ¡Tendría delito la cosa si así fuera! ¡Tanto me dolían las piernas hace un momento! ¿Dónde está ese dolor que me mordía los tobillos, esas argollas como alimañas? ¡Maldita planta que creces en las lindes de los caminos esperando a quién justiciar! ¿Será para ti mi último aliento? ¿Conseguirás llevarte mis palabras? ¿Qué me contaron de ti? Que relajaba la verga, que mataba el hervor de la leche, disminuyendo las tetas de las doncellas, que consumía los testículos si se aplicaba sobre ellos. Poco más, salvo quizá que a los estorninos no parece afectarles, dada la angostura de sus venas. Esto es lo que sé, y también, ahora lo recuerdo, que, de muchachos, cuando el calor consumía los días y perseguíamos a los saltamontes, jugábamos a las cañas con ella. Aquellas cañas secas son ahora este licor, aquel muchacho este viejo, aquel sudor caliente esta sangre helada.
Me cubren con un velo; puedo sentir las cosquillas en la nariz, en esta nariz grande que tanto me hizo oler. Cierro los ojos, estos ojos saltones que tanto me dieron a ver, y lo noto apoyarse como la noche sobre las pestañas. Es un lienzo humilde. Poco adorno me proporcionará, desde luego, no más que al caracol su concha. Tiene gracia ahora que en algún momento me hayan comparado con un faisán, hasta con un pavo real. Cosa curiosa que me conviertan en ave cuando apenas si me he separado de la tierra, que hasta abandoné mirar a los cielos por no perderme entre los hombres. Sé no obstante por qué dicen esas cosas: son o halagos envenenados a fuer de graciosos (como aquellos de Aristófanes, que no pude sino reírlos) u homenajes incómodos, como el del hijo de Aristón, al llamarme cisne. No, ni una cosa, ni tal vez la otra, algo más intermedio, ni tan asiático, ni tan pedestre: un tábano, como me ha parecido en alguna ocasión o, mejor, un gallo, uno de esos que anuncian el nuevo día.

Francisco J. Fernández
Francisco J. Fernández

(San Sebastián, 1967) Doctor en Filosofía. Especialista en Filosofía moderna, le interesa asimismo la lingüística o el ajedrez. Su último libro es Lycofrón. Diario de clase (2021). Próximamente publicará una recopilación de escritos titulada El resto de la idea.

2 comentarios

  1. Sin duda esa «mujer blanca, alta como la luna, hermosa como las noches rasas de Atenas», en bellísima frase tuya, es la Triple Diosa que redescubrió Robert Graves en el pasado siglo, para ser de nuevo olvidada y prohibida, como si no fuera más que barriobajero ensueño de opiáceo…

    Excelentísimo estreno.

  2. «Setenta años intentando que las palabras tras de las que los hombres se esconden (con sus formas de hablar, con sus idiotas coqueterías, con sus acentos propios o ajenos) no les impidan reconocer y hasta recordar eso que les bulle por dentro. »

    ¡Excelente texto!

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