De Caelo

«Toda gran idea, pensamiento o filosofía ha surgido de mirar la cúpula celeste»

J- Camón Aznar

Desde que la consciencia humana apareciera en este apartado rincón del infinito universo, como una suerte de producto complejo de autopercepción, los hombres y mujeres de todos los tiempos han tenido siempre la profunda necesidad de mirar a los astros. Algunos para admirar la sublime belleza del firmamento, otros para inventar lugares más perfectos, plenos, espirituales y hasta religiosos. «Somos polvo de estrellas», decía Sagan, y si «a quien uno sale, ¡honra merece!», el homo sapiens sapiens ha honrado, buscado y aprendido del cielo del que procede.

No solo los primitivos chamanes se afanaron en desentrañar los misterios del cosmos, no menos los colectivos e individuos de a pie supieron servirse del conocimiento de los ciclos de la Luna o de las estaciones. Tanto que, antropológicamente, es palmario el interés y el amor que siempre ha existido por lo que sucede sobre nuestras cabezas. Y es que, para los humanos, el cielo siempre ha representado algo que llega a lo más profundo de la psique: la deleita, admira e inspira. No siendo casual que, desde el comienzo de la historia, y seguramente antes, sumerios, caldeos, asirios y babilonios, persas, fenicios, griegos y romanos trataran de sistematizar todo el saber de caelo, esto es, “acerca del cielo”. Naciendo, como un todo (que luego se perdería), tanto la astronomía como la astrología, amén de un sinfín de artes y cuentos sobre su naturaleza.

Platón afirmaba que la filosofía provenía del asombro, de poder maravillarse genuinamente ante lo real. Y, en este sentido, difícil sería encontrar un motivo de mayor impacto, vértigo y sensual intensidad para el intelecto consciente que el prodigioso espectáculo de una noche estrellada, de una aurora boreal o un pictórico ocaso. Nada más curioso que la regularidad y variedad de las galaxias. Nada más inesperado y sugestivo que una estrella fugaz o un cometa. Nada más soberbio y terrible que un eclipse.

Todo sabio, pensador, teórico o poeta que fue algo tuvo algo de lunático y algo de astrólogo. Ya la misma filosofía y la misma ciencia iban a nacer de la mano de los llamados «físicos» o presocráticos, cuyo máximo interés era la naturaleza del cosmos. Bien pitagóricos, milesios o eleatas, todos anhelaron dar explicación al problema del universo. Y qué decir del padre putativo de ciencia y filosofar, esto es, de Tales de Mileto, de quien cuenta la leyenda que murió al caer a un pozo por ir mirando las estrellas.

Una especie y rara forma de síndrome de Stendhal aplicado a la naturaleza supralunar que, con una denodada capacidad de asombrar a los seres humanos, se ha mantenido en tiempos medievales, modernos y contemporáneos. Produciendo el avance del saber, aunque manteniendo siempre también un carácter inasible que consecuentemente llevaría a producir (de forma relativamente tardía) la ruptura entre unos saberes más científicos o astronómicos, y otros más esotéricos y astrológicos. Distinción que, por lo demás, ha llegado hasta nuestros días sin detrimento del conjunto, pues, con todo, ninguna de sus partes ha podido acabar con la otra. Ni siquiera la astronomía más puntera ha sido tampoco capaz de erradicar los supuestos prejuicios y supercherías de su maligna y supersticiosa hermana (la astrología): el influjo fantástico de los astros parece querer mantener eternamente vigente en el inconsciente colectivo la auténtica, aunque infantil, especulación sobre su naturaleza inasible. Como decía el Principito, «lo esencial es invisible a los ojos» y a los telescopios, cabría añadir.

Incluso para los ciudadanos de hoy en día, donde el futuro es ahora, hijos de una cultura superinformada e hipercomunicada, donde la tecnología nos ha puesto en el fin de la historia a la misma distancia del progreso absoluto y de la ruina social, a un paso de ser dioses y a otro de volver a las cavernas; incluso para nuestros coetáneos, los movimientos celestes y los acontecimientos astronómicos suelen ser fuente de acreditada fascinación. Levantar la vista del móvil y confrontar el manto estrellado de la noche sigue produciendo el efecto de atracción hacia lo desconocido, hacia el más allá, hacia lo ignoto de esta matriz universal que es la realidad. Y no por casualidad la gente sigue creyendo en las influencias planetarias y en otros mundos, e incluso han desarrollado todo tipo de teorías sobre infinitos universos, futuribles galácticos o conspiraciones extraterrestres. Como si todavía quedara mucho por decir de una realidad exterior que, a la postre, parece estar más en nuestro ADN que la tierra misma.

Como decía Huxley: «¿cómo sabemos si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?»

El universo, a ojos humanos, no ha dejado (y quizá nunca lo haga) de ser el mayor de los enigmas, el mejor de los modelos y la más alta de las metas. Algo que los llama y los atrae, y que a la mente se le hace difícil reducir a pura materia, espacio y movimiento. Antes bien trae a la imaginación casi como un resorte la visión de una gran creación, de algo con sentido, de una vida mejor; cuando menos, recuerda a una orquesta universal o como diría Kepler: “a una sinfonía de las estrellas”. Y así, aunque miremos a luminarias que están a años luz de distancia, y aunque esos mismos astros podrían ya estar muertos; aunque las luces de las ciudades cada vez permitan menos ver el cielo nocturno, y aunque no sea sencillo desligarse de las visiones más racionales sobre la lógica del universo, mientras la consciencia humana se siga sintiendo arrebatada por la visión del firmamento como correlato de una unidad mayor de consciencia, el cielo será eternamente el escaparate de las ideas, los pensamientos y elucubraciones que ayudan a los individuos y las culturas a trascender lo terrenal, su humanidad y su mortalidad.

Parafraseando al poeta (Bécquer): «mientras la ciencia a descubrir no alcance las fuentes de la vida, y en el mar o en el cielo haya un abismo que al cálculo resista», y mientras haya unos ojos y una mente que se asombren y maravillen con los acontecimientos, ciclos, requiebros y lienzos del universo… habrá filosofía.

Guillermo Gallardo
Guillermo Gallardo

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