Dorothy Parker y el resonar de la soledad

I needed someone with a quicker wit than mine

The Balad of Dorothy Parker, Prince

Fue Marguerite Duras, en La vida material, quien escribió que “el alcohol hace resonar la soledad”. Es una frase realmente brillante, un destello de pura captación fenomenológica digno de Baudelaire. En el caso de Dorothy Parker, la escritora, dramaturga, poeta y más tarde guionista de Hollywood, la frecuentación del alcohol comenzó siendo euforia y agudeza en las reuniones de la tabla redonda del Hotel Algonquin de Nueva York, pero terminó siendo inercia de vieja dama solitaria aquejada tal vez de nostalgia por el fin abrupto de la Era del Jazz. No obstante, el alcohol conservaba, como se conservan especímenes muertos en los anaqueles de un laboratorio, intacta la fiereza de Dorothy, así como su insobornable independencia. Parker era así a la vez la más abierta y la más cerrada de las mujeres de esos años, como si una flor pudiera ser velado capullo y mostrar todos sus colores al mismo tiempo. Dorothy era descarada (“Me gusta tomarme un Martini. Dos como mucho. Después del tercero estoy debajo de la mesa. Después del cuarto estoy debajo del anfitrión”), irónica (“Ésta no es una novela que deba ser apartada a la ligera; debería ser arrojada con gran fuerza”), cómica (“La mejor forma de mantener un hijo en casa es hacer el ambiente agradable y desinflar las llantas del automóvil”), contestataria (“Si queréis saber lo que Dios piensa del dinero, solo mirad a la gente a la que se lo ha dado”) y finalmente triste (“A un hombre sólo le pido tres cosas: que sea guapo, implacable y estúpido”). La película que hicieron sobre su vida, La Señora Parker y el Círculo Vicioso, es una auténtica obra maestra, y su intérprete, Jennifer Jason Leigh, una de las actrices vivas más desaprovechadas del mundo. Yo la tengo grabada en VHS, y a pesar de que hace muchos años que no tengo reproductor de VHS allí está, brillando entre mis libros…

Es sabido que Dorothy Parker trabajó para Vanity Fair, Vogue y más tarde para el magazine The New Yorker, esa revista con la que todos los plumíferos soñamos, lo cual es una estupenda concatenación de buena fortuna o lo que es más probable, de gran talento. Lo extraño está en que en aquellos glamurosos tiempos a la gente no le importaba leer las crudas y descarnadas observaciones y relatos de la corrosiva Miss Parker, al contrario: parece que los disfrutaban. Es como si en ellos advirtiesen, como en los posos de un café o en el último trago de un vaso de ginebra, el ensordecimiento del baile eterno que creían gozar y adivinasen en su lugar el ruido de tambores del desastre bélico que se avecinaba. Dorothy Parker fue corresponsal en nuestra fratricida Guerra Civil, y eso seguro que no contribuyó a amortiguar su sombría impresión de las cosas. Tras la Segunda Guerra Mundial conoció algunos triunfos como guionista de cine -en la primera A star is born…, siempre sin dejar de castigarse el hígado, pero sus fracasos amorosos (o lo que ella interpretaba como tales, puesto que, como decía otro poeta, esta vez español: “el caer no ha de quitar la gloria de haber subido”…) la condujeron a tres intentos de suicidio oportunamente abortados por llamadas de último minuto al servicio de habitaciones. Durante la contienda fundó una Liga Anti-Nazi, y después formó parte de la Lista Negra del infausto senador McCarthy, todo un honor que no puede ser minusvalorado. Cuando murió, y para sorpresa de todos (sobre todo de Lilian Helman, que se lo tomó fatal), dejó sus bienes y sus derechos de autor al Doctor Martín Luther King, a quien no conocía personalmente, en favor de la causa de los derechos civiles de los afroamericanos. Fue una gran mujer, aunque no en tamaño, una desesperada pero después de todo controlada bebedora, y una afilada escritora a la que más valía tener de amiga que de enemiga. Estos son algunos de sus poemas, esos a los que ella consideraba efímeros e irrelevantes, pero que constituyen también un resonar de su soledad…

“Balada a los treinta y cinco

Esta, no es la canción de una ingenua
Esta, no es una balada de la inocencia
Esta, es la rima de una dama que siguió sus instintos naturales.
Esta, es un solo de sapiencia .
Esta, es una cantata de sofistería.
Esta, es la suma de experimentos.

Adornada con prendas oscuras,
maquillada con cenizas de la cuaresma,
llevando un ramo nupcial de ruda,
camino siempre en penitencia.
Suelo vagar, mientras mi corazón se arrepiente,
a través de la vasta memoria de Dios,
«los amé hasta que me amaron».

Imágenes en retrospectiva veo pasar,
columnas de eventos muertos que desfilan.
Fui tierna y, a menudo, sincera
por siempre víctima de la coincidencia.
Y siempre supe la consecuencia:
siempre vi cómo sería el final.
Somos como la Naturaleza nos hizo, y así
los amé hasta que me amaron.

O el más célebre, “La rosa perfecta”

Solo una rosa me envió desde que nos conocimos.
Supo elegir con mucha ternura el mensajero:
corazón profundo, puro, con unas gotas de fragancia aún húmedas—
la rosa perfecta.

Así conocí el lenguaje de esa florcita que me decía:
mis pétalos frágiles atesoran un corazón.
Este amor supo así encontrar su amuleto en
la rosa perfecta.

Me pregunto por qué nadie nunca me envió en cambio
la limusina perfecta. ¿Podrían decírmelo?
Ya sé… está mi suerte echada, y siempre he de recibir solo
la rosa perfecta.

Óscar Sánchez
Óscar Sánchez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.