Filósofos al poder

“Nada de lo divino o bienaventurado, pues, les pertenece a los hombres, excepto lo único que es digno de esfuerzo, lo que hay en nosotros de entendimiento y sabiduría; puesto esto es lo único de nosotros que parece ser inmortal y divino…En conclusión, o hay que cultivar la filosofía o hay que partir de aquí diciendo adiós a la vida, ya que todo lo demás parece ser de una gran futilidad e insignificancia”.

Aristóteles. “Protréptico”. 108. Editorial Gredos. Madrid.

Siguiendo al citado Aristóteles, la filosofía es la ciencia de las causas primeras, la única que no tiene ningún otro fin que sí misma; por tanto, no es subsidiaria de ninguna otra actividad y es madre de todas las ciencias y conocimientos. Tanto los presidentes, primeros ministros, como los gobernadores e intendentes deben tener a su lado filósofos que brinden la perspectiva, el pliegue de lo general a lo particular y viceversa. Si no se genera esta participación de lo filosófico en el ámbito de lo político, el filósofo como sujeto histórico de la política actual (dentro del contexto de una democracia en letanía) debe salir de su zona de confort de la teoría y de la abstracción y caminar la arena de la política práctica.

Filósofos al poder es una invitación a que todos y cada uno de los que trabajen con el pensamiento –es decir, que se incluyan dentro del significante flotante de filósofos– desde los pliegues partitocráticos que abracen, que se consideren, se comprometan con el accionar político, puro, duro y fáctico. Ninguna de las aporías, de los conflictos que se nos suscitan en lo cotidiano, desde la irrupción de la pandemia, y que se nos seguirán suscitando (los límites entre ese Estado, gobernado por políticos con oscilantes niveles de credibilidad, nuestros derechos más básicos que son –minuto a minuto, cada vez más– conculcados en nombre de ese temor que ya aparece agigantado o fantasmal por tanto agite de morir o contagiar matando el virus) tiene que ver con una actividad o disciplina, especifica, puntual o determinada.

Todas las áreas y actividades están en crisis, los únicos que se preparan para lidiar con las crisis generales, y piensan precisamente en generalidades y en abstracciones, incluso como estas, que hasta ayer parecían imposibles, son los filósofos.

Si usted tiene algo de poder, llame a un filósofo; de lo contrario, continúe con los que lo depositaron en esta crisis de magnitudes, o siga comprándose problemas a corto plazo de quienes le prometen respuestas a lo urgente o a lo inmediato, pero que nada saben o pálida idea tienen de lo importante. Que no se le vuelva a escurrir entre las manos el mundo que tuvo en su puño y del que ahora quedan resabios para volver a rearmarlo.

La tarea del filósofo es examinar, validar o invalidar los conceptos, pero su labor no termina allí, también es crear sus propios conceptos e innovar en la creación de estos; establecer un sistema para analizar su tiempo y su cultura; por medio del concepto se analizan los acontecimientos. El filósofo no solo se ocupa del pensar y del entendimiento, sino también de los aspectos de las diversas dimensiones del ser humano.

La filosofía no es estática; por el contrario, es dinámica, se dedica a los problemas que son necesariamente cambiantes de acuerdo a la época y contexto. Siendo la filosofía –por medio de la creación de conceptos– una actividad vital cercana al mundo, pues los conceptos no se tienen como un objeto de colección obsoleto, sino que sirven en un aquí y un ahora. La filosofía, por medio de la creación de conceptos, se conecta con lo creativo, lo sensible y lo crítico: con lo creativo, ya que la creación es la dimensión de un pensar diferente, pues se edifican conceptos que traen consigo nuevas y diversas posibilidades de ver el mundo; con lo sensible porque desde la creación del concepto se piensan los problemas tangibles los cuales deben ser percibidos a partir de lo vivo, de lo exterior, y se requiere sensibilidad para responder a ellos; con lo crítico, ya que, por medio de la definición, existe una mirada para observar el mundo, preguntarse por él, analizarlo y encontrar parámetros para relacionarse con la vida. El concepto es para el filósofo como el lienzo para el artista o la melodía para el músico; el filósofo se expresa en el concepto, es su obra de arte, es su quehacer.

La creación de conceptos articula y crea conexiones con otros conceptos que se convierten en absoluto y al mismo tiempo en relativo; intenta ser universal, ser un todo y, simultáneamente, hace parte de lo particular, de lo fragmentado, de una historia. La filosofía como creación de conceptos busca encontrar nuevas maneras de pensar que conducen a nuevas maneras de relacionarse, ver, entender y escuchar el mundo. Con ello se generan encuentros para vivir otras experiencias. La creación de conceptos permite la crítica y, al mismo tiempo, la creatividad; es decir: “los filósofos se pueden clasificar en edificadores (creadores) y sísmicos (críticos); en los dos casos los conceptos se convierten en movimiento y vehiculizan la creación y la crítica; la creación deviene de la crítica y la crítica deviene de la creación” (Pulido-Cortés, 2009, p. 96).

La creación de conceptos se convierte en una nueva posibilidad, un acto particular y no una designación que limita la sensibilidad y la experiencia propia, no es un concepto dado, tampoco se impone, sino que es el reflejo de un acontecimiento. “Los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o más bien crearlos, y nada serían sin la firma de quienes los crean” (Deleuze & Guattari, 1997, p. 11). “El concepto no está hecho, sino que es una invención del filósofo que se conecta con la realidad, una experiencia que convierte los conceptos en temporales y no en universales, es así como los conceptos no son dogmáticos, ni una imposición. La filosofía se encuentra con la creación, pues este encuentro permite construir nuevos pensamientos que fabrican el concepto para repensar constantemente los acontecimientos del mundo” (Liliana Andrea Mariño Díaz).

Instar a los políticos, a la política, a que se nutran de filósofos o de filosofía como, en simultáneo, que los filósofos y la filosofía participen activamente de la política, es el ejercicio ciudadano que nos permitirá tener una salida creativa y, por tanto, humana, ante los tiempos aciagos que enfrentamos.

Francisco Tomás González Cabañas
Francisco Tomás González Cabañas

«Escribo para acallar las opresivas voces, para que mi dinámica narrativa sea la decodificación de tu desconcierto. Obsesionado con la democracia, pugno por la armonía entre filosofía y poder. Concepto antes que número. Amo sin querer».
Ensayista. Fundador de la agencia Comunas del Litoral. Organizador de los Simposios correntinos de filosofía política. Siete libros y una veintena de artículos publicados. Destacamos su último libro La horda democrática.

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