La fascinación por lo sencillo en la poesía de Robert Nye

Mientras que la obra narrativa de Robert Nye (1933-2016) tuvo una gran aceptación en el panorama español, siendo editada en editoriales como Edhasa o Círculo de lectores, entre otras, su poesía no llegó a nuestro ámbito cultural hasta que la editorial El Desvelo ediciones publicase su Poesía Esencial en 2018. Este es un dato nada desdeñable, puesto que tanto su narrativa como su poesía habían sido galardonadas con diferentes premios en el Reino Unido. Sus novelas eran reconocidas con premios tales como El Hawthornden Prize o el Guardian Prize y su poesía fue merecedora de varios reconocimientos, como el Eric Gregory Award o el Premio Cholmondeley, propuesto este último por la Sociedad de Autores del Reino Unido. Pero también es interesante señalar que varios ejemplares de su novela histórica Falstaff, habían sido quemados en el patio de la Universidad de Reading por una caterva de indignados profesores de la propia universidad en 1976 antes de recibir el Hawthornden Prize.

Embelesado desde niño por el valor de la palabra exacta, Robert Nye decidió dedicar su vida a la poesía, pero se ganó el sustento convirtiéndose en un prestigioso novelista y un crítico sagaz como editor de poesía del The Scotsman, colaborador del The Guardian y crítico de poesía del The Times durante más de 25 años.

Ciñámonos pues al mundo poético de Robert Nye, mundo poético que comenzó, como el mismo reconoce en su A Selection of the poems of Laura Riding (Edited with an introduction by Robert Nye, Persea Books 1996), cuando a los 13 años se leyó en la biblioteca de su pueblo todos los volúmenes de poesía que llegaron a sus manos hasta que se encontró con una voz que le fascinó; era la voz poética de Laura Riding. Era, como él mismo reconoce en el libro anteriormente citado, poesía absoluta, la culminación de lo que él había buscado. Cuando a los 14 años escribe el poema «Listeners», se da cuenta de su vocación: dedicar toda su vida a escuchar esa voz, la voz de la poesía, puesto que esta, la poesía, no es fruto de la voluntad del poeta; los poemas llegan cuando quieren. Por ese motivo el poeta tiene que estar al acecho, como decía José Hierro, se convierte en un médium (como se consideraba así mismo el pintor Francis Bacon). El poeta es el secretario que consigna ese lenguaje mágico porque, aunque el poema llega con la inspiración (Ahh, Rimbaud, aquel bruto inspirado), no todos los poemas llegan terminados en un instante, sino que necesitan varias correcciones para que suenen instantáneos, frescos. El poeta como transmisor o vehículo de aquello que desea comunicarse, Lévi-Strauss dixit. En esa tradición poética se inscribe Robert Nye, tradición que comparte con su gran amigo y auténtico polígrafo, el también poeta Martin Seymour-Smith, James Reeves o Norman Cameron (quizás el mejor traductor de Rimbaud al inglés), quien señala: «escribo un poema porque pienso que quiere ser escrito».

Pero, si es el propio poema el sujeto: ¿de qué habla? ¿Cuáles son los referentes y los temas en la poesía de nuestro autor?

Uno de los referentes es la lluvia, la lluvia como tema o como el propio sujeto del poema. A veces se convierte en la música de fondo, a veces se convierte en el relator, como en estos versos de «La lluvia en el tejado»: Escucha a la lluvia en el tejado / hablando de alguien a quien no amaste demasiado. Junto a la lluvia el tema de la niñez es recurrente en la obra de Nye, de aquel niño que sacaba de la biblioteca cantidades y cantidades de libros, porque tenía en su poder todos los carnés de su familia, familia que no estaba interesada en leer un solo libro. Nye recuerda aquellas experiencias infantiles casi espirituales en las que descubre, casi religiosamente, lo simple. Su candidez le lleva a fascinarse por lo sencillo, donde cada palabra adquiere una cualidad casi mística, donde el niño queda iluminado por lo baladí, lo trivial, como en «Cerillas»:

Unas cerillas en un charco de brea
retuvieron mi atención más de una hora
una tarde cuando apenas tenía cuatro años.

Agazapado a la sombra de unos sauces
las miré fijamente y descubrí la manera
en la que el amor mira
y todo era cercano y claro y diferente.

(En este último verso hay una llamada auténticamente filosófica al lector)

Y continúa en la segunda estrofa

Tres cerillas en una mancha negra de alquitrán caliente,
Una gastada, otra inclinada, otra aún un fusilero
Orgullosamente erguido y perpendicular
Con la cabeza ardiendo, mi caballero.

Pues bien, me arrodillé a su lado sobre mis desnudas rodillas,
fascinado como siempre por lo sencillo.

(Otro codazo al filósofo ¿quizás?). Para terminar con los dos últimos versos de la tercera estrofa

Somos náufragos abandonados en este mundo.
Somos cerillas de la nada arrojadas a lugar alguno.

(Ahí deja otro apunte filosófico a la imaginación del lector)

Pasemos, a continuación, a desgranar otros referentes tamizados ya por los dos anteriores. El niño Nye, enamorado de la naturaleza, descubre su candor a través de varios animales entre los que se encuentran «las liebres danzantes»: Voy a cerrar los ojos / para no ver más mentiras / y danzar con las liebres danzantes. Nye, quien estudió en profundidad La Diosa Blanca, una gramática histórica del mito poético, de Robert Graves, reconoce en las liebres a las brujas que danzan, bailan y acaban huyendo, sus sortilegios, etc., que detalla Graves en su majestuoso ensayo (recientemente reeditada y traducida por su hijo William Graves para la editorial Alianza en su colección Alianza Literaria). Nye desea volver a ser uno más entre las liebres bailarinas. En otro poema, «Canto», hermosísimo, el ruiseñor es portador de secretos que solo desde la inocencia pueden ser desvelados: Se dice que el ruiseñor mejora su canto / añadiendo nuevas notas cada año / corrigiendo aquellos fragmentos que estima erróneos / hasta que el conjunto es simple y sincero. En otro poema, «La Rata», el sujeto adopta una actitud franciscana: No me gustan las ratas / pero aquella muerte de rata le sentaba tan bien / que paré un momento en el camino / a llorar de pena por ella.

El tiempo, como sueño y eterno retorno en «Después de Simplicio»: El tiempo es un sueño y todo lo que hacemos / será lo mismo de nuevo, o en «Despedida», donde afirma todo lo contrario, expresa que no hay retorno posible: Nada queda por decir / pronto habrás muerto / pronto llegará el final de la luz / y la noche perenne.

Su relación con dios o los dioses también es significativa. Cuando en uno de los innumerables correos que mantuve con Rebecca, la hija del poeta, le pregunté si Robert había sido un hombre religioso, ella confesó que sí pero de una manera muy peculiar. Se puede ver en «Sosegado invierno», donde el sujeto se cuestiona su existencia y pide explicaciones: Ahora, en el filo de la conciencia / podría creer más o menos / que cada niño que nace, desde el primer llanto / pregunta a Dios “¿Quién soy? /aunque algunos moribundos preguntan lo mismo / e imploran a Cristo saber por qué vinieron”. O el poema «El Payaso»: Vi un hombre clavado a un árbol / derramando su sangre. / Una tablilla proclamaba que era rey / mas parecía un payaso .

El tema del olvido aparece también en varios de los poemas del poeta. En «Rescoldo» la amnesia muestra la angustia del sujeto poético y en «Conjuro contra la amnesia» esa voz, que ya no recuerda, se convierte en un grito desolador: Ningún nombre conocido te recuerda ahora / quien eres o por qué, solitario, / caminas turbado por la nieve.

Como no puede ser de otra manera, el amor («Unos versos a la reina de otro lugar», o «Sin mirar», en el que el sujeto no se atreve a mirar a la amada por temor a que descubra sus secretos: ¿Te das cuenta de que nunca te miro al hablar? / Puede que veas en ello algo enfermizo / o miedo a encontrarme tus ojos, o «Cuando te vas» entre otros) y la muerte («Instrucciones para un funeral» o «En el rompeolas») son temas esenciales de Nye, pero quisiera terminar este artículo con el primer poema que escribió y que le llevó a publicar libros de poesía tales como Darker Ends, Calder and Boyars Ltd, London, 1969; Poems. A collection of poems 1955-1988, Abacus by Sphere Books Ltd, 1991; The rain and the glass. 99 poems, New and Selected; Greenwich Exchange, London, 2004; An Almost Dancer. Poems 2055-2011, Greenwich Exchange, London, 2012.

OYENTES

Escucha el silencio en el cristal
contra la atenta lluvia.
Todo duerme en la casa silenciosa.
Despiertos la lluvia y el cristal
esperan toda la noche un ruido
que nadie producirá.

Todo duerme en la casa silenciosa.
Despiertos la lluvia y el cristal
escuchan el silencio en el cristal
contra la lluvia atenta.

Toda la noche esperan un ruido
cuyo silencio no romperán.

La lluvia y el cristal son sujetos y objetos a la vez del poema. Sencillo y fascinante.

Imanol Gómez Martín
Imanol Gómez Martín

Portugalete (1963), es filósofo de profesión y poeta de vívida convicción. Tiene varios libros de poesía publicados, más de un centenar de artículos en periódicos y revistas, crítico literario del semanario “La Realidad “ de Cantabria, colaborador en libros de Filosofía para 1º Bachillerato de varios autores y otros libros. Participó en programas de radio como crítico literario y, en la actualidad, está inmerso en el estudio y traducción de toda una generación de poetas británicos y estadounidenses para el Desvelo Ediciones, de quien ya lleva tres obras publicadas: “Robert Nye, Poesía Esencial”, 2018; “Martin Seymour-Smith, Un rastro de sentido”,2020; y “Norman Cameron o la singularidad poética” 2022(en prensa).

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