La invención de la histeria

1. La histeria en la Medicina Clásica o el extraño caso del útero móvil

Desde los siglos de la medicina clásica, la histeria fue la enfermedad femenina por antonomasia, la que procedía exclusivamente de la peculiaridad orgánica de la mujer. Derivada de la palabra griega hister, que denomina a la matriz o útero, la patología histérica englobaba toda una serie de afecciones provocadas por los caprichosos movimientos de ese órgano que no tiene equivalente en el cuerpo del varón (que por supuesto es el patrón y modelo). Por lo visto, procede de Pitágoras la idea de que la matriz posee cualidades animales, capacidad de movimiento y sensibilidad, y de ahí el que el útero insatisfecho atormente a su propietaria desplazándose por su interior.

La medicina medieval europea y árabe, de base aristotélica, toma sus fundamentos en la teoría de los humores de Hipócrates (460-370 a. C.) desarrollada luego por Galeno (130-200). La salud es entendida como equilibrio o armonía de los cuatro humores (bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre), que se expresa en la proporción adecuada de calor, frío, humedad y sequedad. En este esquema «científico», el útero sigue apareciendo como un animal antojadizo, que a partir de algún desequilibrio humoral, realiza frenéticos movimientos que le pueden llevar hasta la garganta, corazón , pulmones o hasta la misma boca de la vagina. En su extraña danza, provoca sofocaciones, sensaciones de ahogo, palpitaciones, pesadez de estómago, convulsiones, insensibilidad y desmayos.

La fisiología y funciones del útero son un misterio para la medicina clásica oficial, excesivamente especulativa y androcéntrica, más preocupada por encajar en la metafísica dominante que en los hechos observables. El conocimiento está reservado a los teóricos, que saben latín y estudian en la universidad, mientras que la práctica relacionada con las actividades genésicas la desempeñan habitualmente mujeres (comadronas, parteras, brujas…) consideradas incultas y a menudo analfabetas, mudas e invisibles para la ciencia oficial.

La generalización de las disecciones a partir del siglo XVI va a demostrar cómo la realidad anatómica es incompatible con los socorridos movimientos uterinos y sin embargo la discusión va a continuar entre los doctos: algunos, aferrándose a la autoridad van a considerar probados (contra toda evidencia) los desplazamientos del útero; otros, visto que son orgánicamente imposibles, van a defender que sus alteraciones se deben a que se hincha y encoje en función de la presión ejercida por los vapores seminales. En cuanto al «semen» femenino, tampoco tienen muy claro en que consiste, unos piensan que, por analogía (ya que el varón es el modelo), también las mujeres deben producir semen, aunque su eyaculación no sea imprescindible para procrear; y otros creen que la única materia seminal que la mujer aporta es la sangre con la que nutre al feto (y por eso en el embarazo no menstrua).

Es curiosa la inversión que la ciencia aristotélica realiza con respecto al sentido común: aunque la aportación del varón en el embarazo es tan solo una pequeña eyaculación, mientras que la mujer lleva a cabo la trabajosa gestación y el doloroso parto; la medicina medieval considera que el hombre aporta la forma, principio activo, individuador y dador de vida, y la mujer sólo pone la materia inerte y pasiva. El discurso científico medieval y renacentista, profundamente misógino, considera a la mujer indudablemente inferior al varón e insiste en que en las diferencias, la parte mejor es la del hombre, al fin y al cabo la mujer no es sino «mas ocasionatus», varón estropeado.

La medicina humoral, de base hipocrático-galénica, naturaliza la diferencia, adjudicando como cualidades orgánicas del varón la sequedad y el calor y de la mujer la humedad y el frío. Al varón está reservado el dominio y la inteligencia, es fuerte y enjuto; la mujer en cambio, como blanda e inestable por su naturaleza común con los líquidos, le corresponde la sumisión y el poco intelecto. Esta composición humoral de la mujer (frío y humedad) explica la íntima conexión entre su útero y su cerebro: los cambios repentinos de ánimo, los desmayos y convulsiones de la histeria, son manifestaciones de la naturaleza débil e inestable de la mujer.

2. La construcción de la histeria en la época moderna o cómo pasar de débiles a locas

El enfoque médico cambia en occidente en el Barroco: la práctica de las autopsias (antes prohibidas por la Iglesia) y el mejor conocimiento de la anatomía hace que se vaya sustituyendo la explicación humoral por la anatomo-patológica. Desde la segunda mitad del siglo XVII, los grandes tratados van a desterrar la concepción de la histeria vinculada a una supuesta movilidad del útero; lo que no se perdería aún durante todo el siglo XVIII y casi XIX es su conexión casi mágica: la histeria sigue considerándose una afección netamente femenina, relacionada con su especifidad orgánico-genital. Refutada la caprichosa movilidad del útero y en retroceso la teoría de los humores, la tesis que avanza entonces es la del origen nervioso: la suma irritabilidad nerviosa del útero, transmite por simpatía el mal que puede manifestarse en cualquier otra parte del cuerpo. Esta es la tesis que acaba imponiéndose en la medicina del XIX, la que defiende el prestigioso Pinel, padre de la Psiquiatría. Como explica Foucault, es la caída de la histeria en el abismo de la locura.

El discurso médico se empeña entonces infructuosamente en encontrar la raíz anatómica de la histeria: si es una enfermedad del sistema nervioso habrá que encontrar la lesión que provoca los ataques histéricos. Se busca en la médula espinal, en el encéfalo, en el propio útero… los tejidos mirados al microscopio no muestran nada. ¿Será entonces una enfermedad moral? Otra consecuencia del desplazamiento de la enfermedad es que se empieza a considerar la posibilidad de que haya también hombres histéricos. Si es una enfermedad nerviosa, podrá afectar a los dos sexos. Sin embargo el porcentaje de diagnósticos es abrumadoramente desigual: sigue adjudicándose mayoritariamente a las mujeres.

Es el famoso médico francés Jean Martin Charcot (1825-1893) el que tiene el dudoso honor de fijar universalmente las «reglas» del gran ataque histérico en su clasificación de las enfermedades nerviosas. Charcot, que se hace muy célebre como director del manicomio de la Salpètriere en París, celebra sesiones clínicas a las que asisten numerosos espectadores, en las que exhibe a pacientes a las que somete a hipnosis y que reproducen obedientemente el ataque histérico tal como él lo ha descrito.

Blanche Wittman, conocida como «la reina de las histéricas», bella y joven interna de la Salpètriere, tuvo gran éxito en la época de los experimentos sobre la hipnosis. Es el prototipo de histeria de cultivo, utilizada para efectuar frente al público las demostraciones clínicas del gran ataque histérico: estimuladas por el tacto del doctor sus «zonas histerógenas» (situadas en la parte externa de sus grandes pechos, casi bajo las axilas), se desencadenaba en ella una «crisis epileptoide» que se interrumpía con un compresor de ovarios. Tras la muerte de Charcot, Blanche abandonó el hospital. Sus crisis cesaron con la moda.

Las teorías de Charcot no le sobrevivieron, los espectáculos montados con enfermas-estrella fueron considerados abusivos por algunos colegas que plantean que la histeria es creada por la sugestión médica exploradora: Charcot y sus discípulos encuentran en sus pacientes, fácilmente sugestionables, los síntomas que ellos mismos les enseñan a mostrar.

Pero el joven Freud fue discípulo de Charcot, y sus experiencias con la histeria influyeron sin duda en el desarrollo del Psicoanálisis. Charcot ya había esbozado la idea de que en los grandes ataques, la enfermedad recuerda en forma de sueño sucesos que ocurrieron con anterioridad; Freud desarrolla la teoría de que en la histeria, el trauma que provoca el primer ataque es revivido de nuevo en cada proceso. Y ese trauma suele ser un episodio de seducción por parte de algún adulto. ¡Pobres mujeres victorianas condenadas a ser unas histéricas si cumplían las rígidas normas morales en que eran educadas o a ser unas perdidas si no las cumplían!

La primera publicación importante de Freud son los Estudios sobre la Histeria, publicados en colaboración con Breuer en 1859. En ella trata de explicar los mecanismos psíquicos de los fenómenos histéricos. Partiendo de las experiencias de Charcot y de su teoría de la disociación de la conciencia provocada por un trauma psíquico, Freud comienza a estructurar la personalidad a partir del conflicto entre los instintos sexuales y la represión social que impide su satisfacción.

En el caso de la histeria, los síntomas somáticos del gran ataque son explicados como la utilización, por parte de las tendencias sexuales reprimidas, de miembros del cuerpo como «genitales sustitutivos».

Aunque aparentemente Freud parece desmarcarse de aquellos autores que mantienen la inferioridad mental de la mujer como causa de la superior incidencia en ellas de la histeria, sin embargo no puede evitar atribuir el carácter de estigma al hecho diferencial femenino: la mujer posee una menor capacidad psíquica para sublimar mediante la actividad intelectual o la creación artística los instintos reprimidos, lo que hace que la energía libidinal acumulada intente salir a la conciencia en forma de ataques histéricos. Se mantiene, pues, el prejuicio de la inferioridad de la mujer, menos evolucionada y más atada al imperio de los deseos.

3. La ciencia como ideología o la extinción de las histéricas

En la actualidad, la palabra histeria ha desaparecido de la clasificación psiquiátrica. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV), utilizado actualmente en la psicología clínica, no reconoce ningún trastorno psíquico con ese nombre. Sintomatología que en el pasado era catalogada como histeria, se clasifica hoy en categorías patológicas diferentes, como por ejemplo los trastornos somatoformes y los trastornos disociativos que afectan tanto a varones como a mujeres.

Las histéricas de manual que reproducían el gran ataque descrito por Charcot han desaparecido, las mujeres a las que no les gusta mantener una relación duradera con un varón ya no reciben condena social por ello (si son ricas, triunfadoras e independientes).

El ideal patriarcal de feminidad, partiendo de la especifidad uterina de la mujer, termina en la medicalización y psiquiatrización de sus comportamientos. La aplicación de teorías científicas es un intento de legitimar ese control y de justificar la inferioridad de la mujer, que debe ser tutelada y dirigida por el varón.

La instumentalización de la enfermedad en función de los intereses de la clase y el género dominante parece nítida. El cuerpo femenino es un bien valioso en cuanto que posibilita la reproducción. La libre disposición de la propia sexualidad por parte de las mujeres, es contemplado como un peligro en las sociedades patriarcales. Aquellas mujeres que rechazan el molde patriarcal impuesto, el modelo de esposas procreadoras y educadoras de su progenie, serán patologizadas. Los comportamientos contestatarios serán utilizados para excluirlas y descalificar la voz de todas las mujeres: la debilidad es de todo el género. Y el médico, claro, será el Experto, el científico autorizado para decidir sobre los métodos de represión y reconducción de las actitudes «patológicas»: desde el aislamiento y encierro manicomial, hasta todo tipo de tratamientos «morales».

Como final del artículo (que no como conclusión), cito dos preguntas que nos lanzan Francisco Vázquez García y Andrés Moreno Mengibar en su muy recomendable libro Sexo y Razón (editorial Akal):

«En nuestras sociedades de fin de milenio, tras la liberación sexual y la generalizada promoción de la mujer, ¿podríamos afirmar que ésta ha alcanzado el disfrute de la más elemental de las libertades, la del control y gestión del propio cuerpo? ¿Han conseguido las mujeres hoy día romper la sujeción de su sexualidad y erigir el monumento a una Razón no Patriarcal?»

Y tú, ¿qué opinas?

Consuelo Nistal Prieto
Consuelo Nistal Prieto

4 comentarios

  1. O sea, que empieza a haber histéricas cuando la ciencia lo dice y empieza a dejar de haberlas cuando lo desdice.

      1. Pues entonces no sé por qué pones un científico entre comillas al principio, ni por qué dejas entender q la solución contemporánea es más razonable. Por otra parte, la palabra scientificus no aparece hasta Boecio.

    1. Nuestra medición del tiempo por horas es convencional y natural a la vez, puesto que la duración la hemos recortado en unidades discretas nosotros, pero sin duda el transcurrir del tiempo cabe en ellas de tal manera que no es ni mucho menos irracional que en un día contemos 24. Creo que con todas las epistemes históricas ocurre igual, y que sin duda la histeria, como las horas, es natural y creada a la vez. Ojalá el propio Foucault hubiera enfocado las cosas así…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.