Sobrellevar la extinción de la docencia de la filosofía

Pequeño manual de instrucciones

Abandono por un momento mis tareas para reconfortar vuestro espíritu con una serie de soluciones en las que he venido pensando desde que me enteré, al desenvolver el bocadillo de tortilla que me llevo como almuerzo al instituto, de que la situación de la docencia de la historia de la filosofía en el bachillerato se ha quedado compuesta y sin novio. De las tres horas con que soñábamos apenas un par y eso sin contar la escabechina de la educación secundaria. Me temo que no es más que una tendencia que se irá agudizando con el paso del tiempo.

Los científicos duros consideran la filosofía una etapa subnormal del conocimiento; los blandos babean por las migajas de prestigio que tenemos todavía. Los lógicos están a un pasito de independizarse de la filosofía; los éticos no sé si lo han dado ya. Los filósofos somos, mal que nos pese, una figura del pasado. Desengañémonos: no hay forma de convencer de que nos ocupamos del presente. Y eso que no podemos ser más pesados al respecto: creo que he asistido a por lo menos tres congresos que querían pensarlo (uno en 1989, otro en el 2000 y otro más no hace mucho). En consecuencia, como el cuerpo de profesores de filosofía se extinguirá más pronto que tarde, propongo que preparemos el cuerpo (el propio y el ajeno) para ciertas tareas que me parecen congruentes con nuestra condición.

Antes de ello, sin embargo, me veo en la obligación de deciros que todas aquellas reivindicaciones de talante constructivo que pudieran ocurrírsenos están condenadas al fracaso. Argumentos tan razonables como que la Historia de la Filosofía es troncal o que el temario es amplísimo caerán en saco roto. Incluso actitudes proactivas del tipo dedicar una hora de las tres al pensamiento de las filósofas (que en mi caso me serviría para disfrutar con las Cartas de Abelardo y Eloísa o las de Isabel de Bohemia y del Palatinado a Descartes o Leibniz, por no hablar de otros ejemplos), me da la impresión de que apenas si serán tenidas en cuenta. Así las cosas, he aquí una serie de instrucciones por si fueran de ayuda en la travesía del desierto que nos espera.

La primera, mandar. No hace falta recordar a Platón y su sueño de que fueran los filósofos los que ocuparan el puesto de gobernantes. La Administración debería favorecer este acceso a los puestos directivos (en su defecto, seríamos magníficos coordinadores de planes educativos: Escuelas de Paz, Políticas lingüísticas inclusivas, Convivencia, Cultura europea, etc.) mediante mecanismos ad hoc (tal vez no transparentes, cierto, bastaría con translúcidos). Nunca se justipreciará tanto el sentido crítico de las cosas en el que somos especialistas como cuando hayamos de ejercer el poder: aunaríamos con talento sapientia et potentia. En este sentido, nos apoyaremos no en la versión más contestataria de la filosofía (cosa que molestaría en la actual coyuntura), sino en la más acomodaticia, tan ilustre como la primera.

La segunda, servir. Creo que el puesto de conserjes y conserjas es también muy adecuado para nosotros y añadiría sin dudarlo el de cuidador o cuidadora de pasillos, con el que ya tenemos cierta experiencia adquirida. Es de sobra conocida nuestra capacidad para solucionar pequeños conflictos mediante la argumentación racional (de hecho, ya viven de eso algunos filósofos), además de que nuestro conocimiento de los valores ético-cívicos nos prepara para resolver prácticamente esos pequeños dramas que los adolescentes sufren. No creo exagerar, por otra parte, si digo que manejamos las fotocopiadoras de manera soberbia: ya hace tiempo que no obligamos a nuestros alumnos a leerse libros, sino miríficos apuntes que hasta sirven a los evaluadores de selectividad como modelo (que a veces se dejen llevar por ellos y crean que Descartes consideraba el testimonio de los sentidos como falacia es objeción de poca monta, pues a ver si nos creemos que se trata de que alguien se haya leído el Discurso del Método o las Reglas para la dirección del espíritu).

La tercera, asesorar. Me refiero a que podríamos ser excelentes escuderos de nuestros compañeros de otras disciplinas (sabido es que siempre hay filósofos entre los fontaneros del poder, así que no veo por qué no aquí también). Mi idea es que durante las clases les hiciéramos ver las relaciones que los contenidos que estén impartiendo tienen con otros ámbitos del saber, al margen de cuestiones de tipo histórico, en las que somos muy buenos. Por ejemplo, hacerles ver (pace Benveniste) que el adjetivo scientificus surge con Boecio al traducir los Analíticos de Aristóteles o que en la Matemática antigua se hablaba de cantidad continua y cantidad discreta (podríamos recordarles que también se puede sacar la raíz cuadrada de un segmento). He observado que este tipo de comentarios, si se saben decir con elegancia y discreción (cuidado con exhibir vuestro saber más allá de lo razonable), son en general bienvenidos y hasta agradecidos, pues normalmente nuestros compañeros dejaron de leer hace tiempo, si es que lo hicieron alguna vez. Estoy seguro de que el profesor de biología agradecería de veras tener al lado a alguien que ha leído efectivamente a Darwin y el de matemáticas, uno que a Leibniz y el de lengua, otro que a Chomsky. Creo que hasta la asignatura de religión católica lo agradecería, pues aun cuando ya van siendo pocos los filósofos que quedan rebotados del seminario está claro que muchos de nosotros hemos desarrollado una querencia por los graves problemas existenciales, al margen de que insistir en la finitud de la condición humana es algo de lo que nos podemos aprovechar sin especial vergüenza.

La cuarta, convertirnos en bibliotecarios. Aunque la pongo en cuarto lugar, esta última recomendación debería ser quizá la primera por la que luchar. Las bibliotecas se están convirtiendo en ludotecas y lugares de expansión en vez de recogimiento y los libros están sirviendo para que los profesores de arte hagan con ellos bonitas performances armando árboles o escaleras pintarrajeadas. Muchos institutos tienen todavía las Disputaciones Metafísicas de Francisco Suárez sin desbarbar, por no hablar de otros libros que nadie ha leído. Es un trabajo muy grato y seríamos de gran ayuda para otros departamentos, que ni siquiera conocen los fondos de que disponen (ellos no sufren porque no tengan que enseñar historia de las matemáticas o de la física o de la química). De vez en cuando, tal vez viniera algún alumno al que podríamos aconsejar que no se leyera El mundo de Sofía o alguna versión de los clásicos adaptada a su supuesta imbecilidad. Mirad que hasta es posible que consiguiéramos que alguno se llevara la Apología de Sócrates o los fragmentos de Heráclito de Éfeso, por no hablar de los Sonetos de Shakespeare (para las clases de inglés) o Las flores del mal de Baudelaire (para las de francés) o la Carta de Lord Chandos de Hofmansthal (para las de alemán). Milagro naturalmente sería que consiguiéramos que leyeran las Glosas de Sabiduría de Don Sem Tob o la Carta sobre la Nada y las Tinieblas de Fredegiso de Tours. Poco a poco, no sé si os habéis dado cuenta de que la filosofía gusta a los alumnos mucho más de lo que cabría esperar, así que todo es posible.

Ya sé que la situación es difícil y *nos veo como en un laberinto, mas recordad que la filosofía es más vieja que nosotros y también más paciente y más sabia. En fin, creo que con estas cuatro propuestas podríamos ir tirando durante una buena temporada hasta que, desaparecidos del todo, filosofaren otra vez los que por gusto y gana y necesidad de sus almas no pudieren no hacerlo.

Francisco J. Fernández
Francisco J. Fernández

2 comentarios

  1. Aristóteles, Retórica, 1389a3-1389b10:

    «Los jóvenes son concupiscentes de carácter y les encanta hacer siempre lo que desean. Son muy seguidores de las pasiones venéreas (…) Son variables y se hartan con facilidad, son fuertemente concupiscentes, sus deseos son agudos pero no prolongados, pues se les pasa la pasión deprisa, como la sed y el hambre de los enfermos (…) Son apasionados, de cólera pronta, y se dejan llevar con facilidad por los impulsos. Se dejan llevar por la ira, no soportan ser tenidos en poca consideración y se irritan sobremanera si se consideran víctimas de la injusticia (…) Les gusta el honor, la victoria, el sobresalir. En cambio, no son codiciosos, porque nunca han pasado necesidades.

    No son malvados de carácter, sino más bien cándidos, porque les falta la experiencia, el no haber visto muchas maldades (…) Son confiados por no haber sido engañados muchas veces. Y son bienesperanzados como los borrachos, porque a ellos también los caldea, si no el vino como a los beodos, sí su propia naturaleza (…) Y viven por la mayor parte llenos de esperanza, porque la esperanza es lo propio del futuro como el recuerdo es lo propio del pasado, y resulta que los jóvenes tienen ante sí un largo futuro y tras de sí un muy breve pasado (…) Son fáciles de engañar porque esperan con facilidad, y son sobremanera valerosos porque están llenos de esperanza.

    Son vergonzosos, pues todavía no conciben otros bienes sino los de su convencional educación (…) Son magnánimos porque la vida todavía no los ha humillado suficientemente y porque por eso mismo están aún llenos de esperanza (…) Se lanzan a hacer el bien con más facilidad que a llevar a cabo lo que les conviene, pues viven más de acuerdo con su carácter que con su reflexiva razón, ya que prefieren la virtud de lo bueno al cálculo de lo conveniente (…) Son más amigos de sus amigos y compañeros de sus compañeros que los que tienen edad más avanzada, porque les complace y hasta embelesa la convivencia y para nada piensan nunca en la utilidad ni, por tanto, tampoco cuando escogen a los amigos.

    Se pasan en todo, todo lo hacen exageradamente, lo suyo es por doquier la demasía, pecan por exceso, aman con exceso, odian por exceso, no tienen término medio (…) Se creen que lo saben todo y hacen siempre afirmaciones contundentes, de lo que deriva su conducta exorbitante y descomedida.

    Son compasivos por creer que todos los demás son buenos y aun mejores que ellos mismos, dado que miden al prójimo con la carencia de maldad que a ellos mismos les es propia.

    Les encanta la risa y la chanza, pues la chanza no es sino la insolencia educada.»

  2. Estoy de acuerdo en todo lo que expones. Desgraciadamente quieren que no pensemos por nosotros mismos y la Filosofía es lo que hace .Cuanto más incultos mejor así los manejaremos como nosotros queremos Un cordial saludo

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